Lecciones cruzadas entre políticas climáticas y gestión del Covid-19 (I)

La Unidad de Cultura (divulgación) Científica de mi universidad me contactó hace unos días para que participase en una iniciativa que sustituye presentaciones académicas presenciales y, en la medida de lo posible, relaciona la crisis del Covid-19 con nuestras investigaciones. Aunque ya llevaba semanas reflexionando sobre las implicaciones económico-ambientales de la pandemia, hasta entonces no había prestado una atención detallada a las relaciones entre la gestión de esta crisis con el principal objeto de estudio de mi investigación: las políticas climáticas. Por tanto, la invitación fue una buena excusa para leer y pensar sobre las relaciones bidireccionales entre estos problemas y sus políticas correctoras. Podéis acceder aquí al vídeo de mi presentación (en galego) y posterior debate. Esta es la primera de dos entradas que recogen, y en ocasiones expanden, gran parte de los contenidos de la charla.

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Casi desde el principio de la crisis pandémica, muchos colegas se ocuparon de resaltar sus implicaciones en la lucha contra el cambio climático. La caída anual de las emisiones de GEI, prevista entre el 5 y el 8% en 2020, no tiene precedentes históricos y ha originado bastantes comentarios sobre la contribución de esta crisis a mitigar el problema climático y, más recientemente, sobre la evolución de emisiones tras las inminentes políticas de reactivación económica. Pedro ya se ha ocupado de recoger y comentar las principales aportaciones sobre ambas cuestiones en el blog (aquí y aquí), por lo que mi objetivo con estas entradas será completar esas aproximaciones unidireccionales. ¿En qué medida las crisis del Covid-19 y climática comparten algunas características que influyen en las políticas públicas a aplicar y cómo pueden extraerse lecciones en ambos sentidos? Como decía en mi charla, en todo caso, quiero dejar claro que ni soy un experto en Covid-19, ni pretendo aprovechar la tormenta para “vender mi libro”, y espero no contribuir a la inflación de reflexiones académicas prescindibles en este ámbito.

Hay, efectivamente, muchas características comunes entre las crisis que nos ocupan. En primer lugar, el importante papel de la ciencia: aunque son los políticos, ciudadanos y empresas los que han de tomar decisiones relevantes, es fundamental la comprensión del problema y de las alternativas mitigadoras desde el rigor para poder alcanzar el mejor resultado para la sociedad. Las dificultades vividas en esta crisis tanto con las capacidades científicas existentes (algunas voces se han referido al fracaso de las políticas científicas de las últimas décadas) como con la relación entre científicos y decisores han sido ciertamente preocupantes. En este sentido, los desarrollos recientes en la gobernanza climática sugieren la importancia de instituciones independientes que, con expertos de amplio espectro– no solo de las áreas directamente involucradas, puedan informar y evaluar las actuaciones públicas. Ojalá hubiésemos contado con esa capacidad institucional en muchos países para la gestión de la crisis actual.

Ambos problemas comparten, en cualquier caso, un conocimiento limitado de sus efectos y evolución (no sobre su existencia y poder destructivo). Las incertidumbres son amplias en muchos aspectos, pero particularmente en el ámbito de las políticas a aplicar. Ya hemos hablado en este blog de las implicaciones de los efectos de retroalimentación planetarios sobre la efectividad de las políticas climáticas, y el día a día de la lucha contra el Covid-19 evidencia que las incertidumbres en torno a la efectividad de las distintas estrategias de contención son mayúsculas. De nuevo, algunas lecciones desde la economía climática podían haber ayudado, en particular las ideas de Marty Weitzman sobre la necesidad de aseguramiento: más medios y estructuras ante la posible aparición de una pandemia.

Es además evidente que en ambos casos nos enfrentamos a problemas netamente globales, con interacciones muy marcadas entre estados y agentes sociales que exigen evitar comportamientos ineficientes (por acción u omisión). Que un país no actúe adecuadamente en la gestión del Covid-19 tiene implicaciones en la prevalencia global de la enfermedad y sus efectos económicos. Que un país no cuente con regulaciones climáticas genera serias trabas al anular los esfuerzos de otros (reduciendo la efectividad ambiental de sus políticas y posiblemente ocasionando fuga de emisiones). Aunque con claras dificultades y limitaciones, en el caso del cambio climático contamos con un entramado institucional cuya complejidad y desarrollo contrasta con la debilidad de las instituciones y aproximaciones globales para la gestión de pandemias.

La importancia de la intervención pública en la gestión de ambos problemas es también obvia. En ambos casos nos enfrentamos a una externalidad negativa de grandes proporciones, que exige medidas correctoras. No obstante, aunque las políticas públicas influyen en las actuaciones de todos los agentes, el comportamiento individual es clave en la superación de ambas crisis, tal y como estamos observando estas semanas en la lucha contra el coronavirus. Esta será, probablemente, una lección a considerar para las políticas climáticas futuras (a tratar en la próxima entrada).

¿Qué nos sugiere la Economía Climática sobre el buen diseño de las políticas públicas? En primer lugar, que las actuaciones previas en la mitigación (por ejemplo, inversiones infraestructurales o en tecnologías limpias) y adaptación (por ejemplo, planes de contingencia) son cruciales para reducir los costes de la intervención correctora. Otra valiosa lección desaprovechada: parece claro que una mayor preparación material y procedimental hubiese ahorrado muchas vidas durante esta pandemia. Además, ante la ausencia de preparación, en muchos países la intervención pública contra el coronavirus está operando en condiciones muy adversas para la contención de costes, adoptando medidas inflexibles (draconianas) para reducir de forma abrupta los contagios. En realidad, esto refleja un fenómeno al que me referí aquí hace unos meses: la reducción del margen de maniobra de las políticas públicas en situaciones de emergencia, con la consiguiente multiplicación de los costes sociales. Tal y como hemos contado muchas veces en este blog, los escenarios menos halagüeños para la operación de la política climática son aquellos en el que los instrumentos utilizados no son coste-eficientes y/o se exigen elevadas reducciones de emisiones en períodos temporales cortos que también ocasionan un sobrecoste en la obtención de objetivos. Otra lección no considerada en la gestión del coronavirus.

No puedo cerrar esta entrada sin referirme a otro punto común entre las crisis pandémica y climática: los efectos distributivos negativos. Si los problemas climáticos eran causados y evitados (mayor capacidad de adaptación) por los más pudientes, el perfil distributivo de la crisis actual es también muy preocupante: son en general los más vulnerables los que están más expuestos a la pandemia y se enfrentan a mayores disrupciones económicas. Y es por ello que los paquetes compensatorios, que cada vez se exploran con mayor detalle en el campo de la política climática, pueden ser de especialidad utilidad para la gestión de la pandemia y de la posterior reactivación económica.

Hasta ahora me he referido a los puntos comunes entre las crisis climática y de Covid-19 y a las lecciones que podrían haberse extraído de la abundante evidencia académica sobre política climática. En la próxima entrada me ocuparé, por el contrario, de las lecciones de la gestión del Covid-19 para la política climática y, a partir de todos los puntos comunes e interacciones, intentaré apuntar una posible hoja de ruta que garantice la compatibilidad de los gigantescos paquetes de reactivación económica con los objetivos e instrumentos climáticos.

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