¿Qué es realmente la energía colaborativa?

Hace ya unas semanas Concha Cánovas, que sabe mucho de energía y  en particular de renovables, y a quien por supuesto respeto y aprecio mucho, nos introducía un nuevo concepto en su columna de La Energía como Derecho, la energía colaborativa. La define ella como “aquella en la que se dota al consumidor de capacidad para gestionar su compra/venta de energía, posibilitándole  modificar cuando sea necesario sus patrones de consumo según los precios del mercado y de esta manera  optimizar las curvas de  carga del sistema en función de la disponibilidad de recursos renovables”. Y seguía diciendo que, para que esto funcione, “es condición imprescindible eliminar las trabas artificiales que se establecieron en el RD de autoconsumo”.

Coincido con ella en que es fundamental activar al consumidor; y también que al autoconsumo no hay que bloquearlo artificialmente, sino tratarlo con justicia, aunque eso no es siempre es lo que quieren algunos (CEER ha sacado hace poco este papel tan interesante en el que se dedica a desmontar muy sensatamente muchos de los mitos al respecto). Pero creo que Concha puede estar mezclando conceptos, algo que no conviene si queremos poder discutir sobre ellos. Así que me permito discrepar públicamente, con el ánimo, como siempre, de poder entablar un debate constructivo.

Creo que, ni la activación de la demanda, ni el autoconsumo, son necesariamente economía colaborativa, aunque sí pueden serlo, pero no dependiendo de ellos, sino de otras cosas. Entiendo por economía colaborativa aquella en la que compartimos el uso de los bienes (generalmente mediante plataformas digitales, aunque esto no es esencial) para reducir el uso de recursos y utilizarlos más eficientemente. Como decía José Ignacio García Jiménez recientemente, y hablando de otras cosas: Lo que puede hacer que la economía colaborativa sea una nueva forma de relación es que sea capaz de reducir el consumo de bienes.

Algunos ejemplos: Uber es economía colaborativa porque permite que la gente utilice mejor su coche, igual que AirBnb permite que la gente utilice más eficientemente sus viviendas. Pero Zipcar también es economía colaborativa, porque también nos permite utilizar vehículos de alquiler de forma mucho más eficiente que con las compañías tradicionales. Los dos primeros ejemplos son economía colaborativa en la que se ponen en valor recursos ociosos (y por tanto aumenta la eficiencia), el tercero es economía colaborativa en la que se comparten los recursos (aunque la propiedad no sea de particulares en este caso). Lo que comparten todos ellos es la existencia de una plataforma de intercambio, que es la que permite aprovechar bien el recurso y reducir el consumo. Pero da igual si la propiedad es individual o compartida, si es distribuida o centralizada. Lo importante es si se colabora para usar mejor el recurso. Así pues, ¿qué podemos decir del autoconsumo o de la gestión activa de la demanda?

Tal como se entiende habitualmente la economía colaborativa, en que la clave está en no asociar la propiedad al uso, lo importante no es si el consumidor autoconsume o no, o si responde a las señales del mercado o no, sino si está conectado a una red que le permite compartir recursos de generación, estén instalados en su casa (como en el caso del autoconsumo) o en una gran instalación centralizada. El autoconsumo no es necesariamente economía colaborativa: simplemente desplaza la propiedad de la generación de electricidad. Por supuesto, si la generación distribuida se puede conectar a una plataforma de intercambio, su uso será mucho más eficiente. Pero de nuevo, lo importante es la plataforma, eso es lo que crea la economía colaborativa. De hecho, estas plataformas, aunque rudimentarias, ya existen, y se llaman red eléctrica de transporte y distribución, aunque todavía pueden evolucionar más.

¿Hay más economía colaborativa cuando hay más autoconsumo? Pues sólo si esto es consecuencia de la competencia eficiente, permitida por la plataforma, entre la generación distribuida y la centralizada. Si subvencionamos artificialmente cualquiera de ellas, lo que hacemos es usar peor los recursos, y por tanto vamos en contra de este tipo de economía. En el fondo, es lo mismo que si Uber compite gracias a una subvención artificial (el ahorro en los impuestos). Pero el que la propiedad sea de un particular o de una empresa no hace al sistema más colaborativo, eso es otra cosa.

 

 

Siguiendo con la definición de Concha, tampoco es necesariamente energía colaborativa aquella que permite que el consumidor responda a los precios. Esto es simple y llanamente un mercado de verdad, y que se puede producir independientemente también del régimen de propiedad de los recursos. Es cierto que esto es algo que no existía antes en el sector eléctrico, en el que la demanda no participaba. Como ya hemos dicho Adela y yo alguna vez, los programas de gestión activa de la demanda lo que hacen es corregir un fallo evidente de algunos mercados energéticos (sobre todo el eléctrico), que consistía en que los consumidores no recibían la información correcta, y por tanto no podían responder a las verdaderas señales (como sí hacemos en el mercado del pan). Si todos los consumidores recibimos las señales correctas del mercado, conseguiremos que el mercado sea eficiente. La señal de precio nos hará desplazar nuestros consumos o, si resulta más eficiente, autoproducir. Pero, de nuevo, esto no implica necesariamente separar la propiedad del uso de los recursos (aunque un buen mercado ayuda, al dar las señales adecuadas).

Entonces, ¿qué creo yo que es energía colaborativa? Pues es disponer de una red, o en general de una plataforma, que nos permita utilizar de la forma más eficiente posible los recursos del sistema, independientemente de quien los posea, y sin que ninguno esté ni discriminado ni favorecido injustamente.Ya hay ejemplos de cómo una buena plataforma puede usar mejor los recursos, como esta empresa alemana, o como propone Lynne Kiesling.

Esto nos permitirá también, tal como propone Concha,  activar la demanda, conseguir que los consumidores se conviertan en elementos activos de los sistemas energéticos, incluyendo, si interesa, que produzcan su propia energía y la intercambien en el mercado. Pero también permitirá que se utilicen más eficientemente los recursos centralizados. Y un sistema de energía colaborativa podría perfectamente resultar en un sistema totalmente centralizado, si eso es lo que más recursos ahorra. Así pues, no liemos las cosas. Llamemos a cada cosa por su nombre, y evaluemos las ventajas e inconvenientes propias de cada concepto.

El próximo día hablaré de “energía democrática”, otro término que, como decía Íñigo Montoya a Vizzini: “You keep using that word. I do not think it means what you think it means“.

 

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