Energía democrática

En primer lugar, muy feliz año 2017 para todos los lectores del blog. Ojalá que sea un año en el que avancemos hacia eso que busco definir bien en esta entrada.

Decía hace unas semanas que mi siguiente entrada sobre conceptos energéticos sería sobre la “energía democrática”, esa nueva idea que se viene manejando ya desde hace tiempo, generalmente asociada a las energías renovables, y más recientemente, al autoconsumo.

Y lo hago aprovechando mi lectura reciente del libro “Energía para la democracia“, de Sebastiá Riutort Isern, editado por FUHEM. El libro está muy bien escrito, y el autor articula bien sus argumentos. Sin embargo, creo que, como muchos últimamente, confunde fines y medios, e ideologiza en exceso sus planteamientos.

Riutort viene a decirnos que hay dos elementos que caracterizan a la energía democrática: que sirva para satisfacer necesidades, y no para lucrarse, y en parte por ello, que esté basada en un modelo cooperativo y descentralizado. El autor descarta pues (y de hecho critica abundantemente) un modelo de suministro de energía basado en la empresa privada. Argumenta que esto supone una apropiación injusta del recurso, y una mercantilización de la energía, y añade cosas como que la energía democrática tiene que basarse en el valor de uso y no en el valor de cambio, y que reducir la electricidad a mercancía conlleva privar de una vida digna a todo aquel que no sea capaz de adquirirla.

Voy primero a comentar aquello en lo que estoy de acuerdo con él. Luego plantearé mis objeciones a sus argumentos. Y finalmente concluiré con lo que yo entiendo que debe cumplir un modelo energético para que sea considerado “energía democrática”. Aviso, eso sí, que la entrada ha salido larga.

En primer lugar, coincido con él en que, en gran medida, el modelo económico (no sólo el energético) que tenemos es un modelo excesivamente financiarizado/mercantilizado. Como ya he dicho muchas veces, es un modelo en el que se confunden fines con medios, y en el que las empresas se definen no en función del valor que crean para la sociedad (que es para lo que deberían existir) sino en función del beneficio que generan. El beneficio no debería ser el fin último de las empresas, sólo debería ser simplemente la manifestación de hacer las cosas bien, y además, no debería ser excesivo. ¿Y qué es un beneficio excesivo? Pues generalmente, el que se deriva de un poder de mercado ilegítimo: de una situación de oligopolio no bien regulada. Esto, desgraciadamente, es muy habitual en muchos sistemas energéticos y eléctricos, en los que además, tradicionalmente, el consumidor (o la demanda en general) ha tenido un papel muy pequeño (lo que facilita el poder de mercado de las empresas).

Y esto es lo que lleva seguramente a Riutort a decir que ese modelo debe ser sustituido por uno basado en el esquema cooperativo y descentralizado. También coincido con él en que los esquemas cooperativos son muy interesantes, y tienen algunas ventajas: al estar generalmente basados en el “una persona, uno voto” son más equitativos que los sistemas capitalistas, en los que manda más el que tiene más dinero. Y además, al ser (en este caso de la energía) los propietarios los consumidores, pues también les empodera más, y les hace más partícipes de la toma de decisiones. Esto hace, por ejemplo, que desaparezca en gran parte el interés en producir más, y que estos modelos incentiven más la eficiencia y el ahorro con respecto a los convencionales.

Ahora bien, y esta es mi crítica fundamental a sus planteamientos: creo que el modelo cooperativo y descentralizado no es la única alternativa, y de hecho puede tener inconvenientes con respecto a otros. Por tanto, creo que es incorrecto apropiarse del término “energía democrática” exclusivamente para este modelo. Creo, como explicaré, que la democratización de la energía no tiene por qué pasar exclusivamente por un modelo cooperativo o basado en el autoconsumo, como parece desprenderse de los argumentos de Riutort.

En primer lugar, hay que analizar la historia de movimiento cooperativo. Por lo que yo conozco del cooperativismo agrario, y estoy seguro se extiende a otros, su razón de ser no es “el vínculo asociativo y voluntario y solidario, así como la ayuda mutua, en aras de una producción de bienes y servicios que no tiene como objetivo la ganancia, sino la satisfacción de necesidades”. Las cooperativas no son obras de beneficencia. Su objetivo es algo que ya he citado: empoderar a los productores o consumidores, para permitirles apropiarse del retorno de su producción o de la utilidad de su consumo frente a intermediarios u oligopolistas.

En segundo lugar, y con respecto a las alternativas: un modelo capitalista competitivo tampoco tiene como objetivo la ganancia, sino también eso que quiere Riutort, la “satisfacción de necesidades”. En un modelo competitivo no hay posibilidad de tener beneficios extraordinarios, sino simplemente un retorno apropiado al capital invertido. Los consumidores demandan, y los productores satisfacen esa demanda al mínimo coste. Las desviaciones de este modelo sólo se presentan en los mercados no competitivos. Además, si los consumidores tienen información suficiente, existirán empresas (por ejemplo, las de servicios energéticos) que no tengan un incentivo a producir más, sino a alinear sus intereses (incluyendo el ahorro) con los del consumidor.

De hecho, una empresa privada puede ser más eficiente que una cooperativa, que a veces, por mantener determinadas condiciones de toma de decisiones, puede no tener una gestión demasiado efectiva, o no alcanzar las economías de escala suficientes (como ya se ha visto en repetidos ejemplos). Si esta empresa privada juega en un mercado competitivo, en el que se internalizan externalidades, en el que responde a las demandas reales de la sociedad, y por tanto su beneficio coincide con el beneficio social…¿qué ventaja tiene el modelo cooperativo?

A partir de aquí surgen muchas preguntas: ¿Por qué el autoconsumo es más democrático? ¿Es que el consumidor es menos soberano cuando no es propietario de los paneles solares, por ejemplo?¿O cuando elige qué tipo de energía quiere consumir, aunque la produzca una gran empresa centralizada, en un entorno competitivo?

¿Por qué el modelo descentralizado es más democrático? ¿Es que una gran utility bien regulada, sujeta al control real de la sociedad y de sus consumidores/stakeholders, pero que puede acceder a mayores economías de escala y por tanto ofrecer costes más bajos (pero no artificialmente bajos) para que más gente tenga acceso a la energía a menor coste, es menos democrática? ¿Es que es más democrático que cada cual nos hagamos el pan en nuestra casa, a mayor coste, en lugar de comprarlo en la panadería? Pobres panaderos…

¿Por qué las renovables son más democráticas? ¿Porque más gente tiene acceso a su propiedad? No siempre: para producir energía renovable hace falta terreno y capital. Más modular, sí, pero al final, el que más terreno y capital tenga, controlará este recurso por muy renovable que sea, salvo que se controle desde las instituciones.

¿Por qué, como dice Riutort, el considerar a la energía como una mercancía es el origen de la pobreza energética? ¿Qué tenemos que hacer, hacerla gratuita para todos? Eso desde luego sería un regalo para muchos ricos, los que gastan más energía, y un despilfarro de recursos…¿Es que el pan no es una mercancía? Por supuesto que el acceso a una cantidad mínima de energía es un derecho básico que tenemos que garantizar…pero lo haremos mejor si mantenemos las señales de precio, porque son las que permiten gestionar bien los recursos escasos como éste.

Concluyo pues: Energía democrática es, en mi opinión, aquella en el que la sociedad democrática es soberana, y puede elegir libremente, mediante sus decisiones de consumo, o mediante su voto democrático, qué modelo energético quiere, cuánta y qué tipo de energía quiere consumir. Nótese que aquí no hablo de las tecnologías: como he dicho en otras ocasiones, las tecnologías son medios, no fines. Lo que debemos elegir no es si nuclear, carbón o renovables…debemos elegir cuánto queremos pagar, qué impacto ambiental estamos dispuestos a asumir, etc.

En todo caso, esto no requiere la propiedad de los medios de producción: basta con su control, aunque sea indirecto a través de los organismos reguladores o de las decisiones informadas de consumo responsable. En esta línea, todo lo que aumente el poder de la demanda, como los programas de gestión de demand, la agrupación de consumos, la eficiencia energética, etc., siempre aumentará el control, sin necesariamente exigir el ser propietarios de los medios de producción.

Es cierto que esto no es necesariamente así en muchas sociedades nominalmente democráticas, por el juego de los grandes intereses económicos y su captura de los reguladores o políticos. Pero el enemigo de la energía democrática no es la empresa privada, ni el mercado bien entendido, ni el capitalismo bien ordenado, ni un modelo centralizado por sí mismo. El enemigo es el monopolio o el oligopolio mal regulado, es la chapuza regulatoria y la demagogia política a la que estamos acostumbrados, el capitalismo de amiguetes tan frecuente en muchos países. De hecho, tan malo puede ser esto para los ciudadanos como un modelo cooperativo y descentralizado artificialmente subsidiado e impuesto a todos por obligación o por falsa superioridad moral.

Anuncios

Un comentario en “Energía democrática

  1. Pingback: Globalización, desigualdad y cambio climático | Economics for Energy Blog

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s