Disrupciones en el sector del transporte

Creo que nadie discute que, al menos a largo plazo, nos enfrentamos a un sector energético muy distinto. El World Energy Council nos lo recuerda por medio de “7 nuevas realidades”,  y Spencer Dale, de BP, nos cuenta cómo los cambios pueden llegar antes de lo previsto. Perry Sioshanshi nos dice que ya está pasando.

Ante esta situación, y como recomienda Nick Butler, las empresas deben empezar a recolocarse y diseñar sus estrategias para gestionar estos cambios, unos más suaves y otros más drásticos. Y, tal como contaba el otro día en El País, hay dos elementos que pueden ser potencialmente disruptivos en este camino: la solar fotovoltaica y el coche eléctrico.

De los dos, quizá el más disruptivo es el coche eléctrico, porque, si realmente llegara (y dominara), supondría una transformación tremenda del panorama empresarial y del consumo de energía y emisiones en el sector. El negocio de las compañías petrolíferas podría verse seriamente afectado, porque al fin y al cabo la parte de petróleo que se utiliza para usos no energéticos es muy pequeña (16%, según la IEA), la cuota del transporte en la demanda de petróleo es del 64% (íd). Y hay que recordar que el transporte supone el 28% de la demanda de energía final a nivel mundial (y el 15% de las emisiones de gases de efecto invernadero). En España, los usos no energéticos suponen el 11% y el transporte supone el 72% del consumo total de petróleo. El transporte en España consume el 30% de la energía final, y emite un 25% del total de gases de efecto invernadero).

Por supuesto, podría ser que la mejora de las baterías nunca llegara, o no llegara al nivel previsto, o los proyectos estrella fallaran, tal como nos contaba Richard Schmalensee el otro día en el Foro BP. Pero la verdad es que parece que los desarrollos relacionados con el coche eléctrico avanzan rápido, creando tensiones en el mercado del litio, que parece puede convertirse en el nuevo recurso escaso en lugar del petróleo, y también, por supuesto, haciendo surgir cuestiones importantes sobre cómo obtenemos nuestros “nuevos” recursos, a veces de formas poco éticas.

En todo caso, y ante esta situación, no debe extrañarnos que los niveles de inversión en gas y petróleo se reduzcan mucho. ¿Quién invertiría en un negocio con poco futuro, y con precios bajos ($60/barril, como nos decía Fernando el otro día en los comentarios de esta entrada)?

Por supuesto, esto no es una cuestión de hoy para mañana: tal como también indica el informe de la IEA mencionado anteriormente, las inversiones en gas y petróleo siguen siendo las mayoritarias (aunque también señalan cómo el gas no parece disfrutar de esa edad de oro que anticipaba la propia Agencia, algo por otra parte contradictorio con la declaración del WEC mencionada antes…), y que el cambio de tendencia no es todavía suficiente para llevarnos a los objetivos previstos de descarbonización. Además, los mercados se encargarán de suavizar las cosas: por ejemplo, en EEUU, los bajos precios del petróleo, y la recuperación de las rentas están impulsando la demanda de gasolina a niveles récord. Y tampoco es evidente la rentabilidad social actual del vehículo eléctrico. Pero me temo que la tendencia de largo plazo está bastante clara.

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