La lluvia, la responsable (para bien o para mal) de la sostenibilidad del modelo energético español

La semana pasada presentamos, por primera vez en formato webinar, el Observatorio anual de la Cátedra BP de Energía y Sostenibilidad. Como en otras ocasiones, copio aquí el resumen. El informe completo está disponible aquí.

  • El consumo de energía final en España vuelve a aumentar en 2018 por encima del PIB.
  • Aumenta la intensidad energética final: la eficiencia energética no está siendo efectiva.
  • La factura energética española volvió a aumentar, por el aumento de demanda, y el ascenso de los precios finales de la energía.
  • Las emisiones de CO2 se estabilizan gracias el buen año hidráulico y a un efecto estructural.
  • La demanda de transporte de pasajeros y mercancías aumenta de nuevo. Este sector sigue siendo el principal en términos de consumo de energía y de emisiones de CO2.

El Informe señala que en 2018 el sector energético español consumió 6,25 exajulios (EJ) de energía primaria y emitió, una vez descontadas las exportaciones, 309 millones de toneladas (Mt) de CO2. Sin embargo, su valor añadido se redujo en un 7%, y los costes externos se situaron en un 1,6% del PIB.

La Cátedra BP concluye que el año 2018 el sistema energético español sólo ha mejorado en la intensidad de emisiones y en el porcentaje de renovables, todo ello gracias a un buen año hidráulico. Todos los demás indicadores empeoran: Sigue aumentando la demanda de energía (un 1% en energía primaria y un 3,1% en energía final), empeora la intensidad energética final, y aumenta la factura energética y baja el valor añadido generado por el sectro.

De nuevo, además, los pocos elementos positivos de esta evolución se asocian a elementos no controlables, como el ciclo hidrológico, igual que ya sucedió en 2016. En un escenario de largo plazo, parece poco razonable fiar la sostenibilidad del sector energético a las lluvias, más aún en el caso español, que se enfrenta a un importante riesgo de bajada de las precipitaciones debido al cambio climático. De hecho, si el año hubiera sido climatológicamente medio, hubiera aumentado aún más la energía primaria y las emisiones de CO2 (en un 3%).

En este sentido, es importante además señalar que, cuando se descomponen los factores que determinan las emisiones de CO2, encontramos que el aumento de actividad económica y el empeoramiento de la intensidad energética se vieron compensados con el buen año hidráulico y un cierto efecto estructural.

El sector del transporte, que sigue siendo el principal emisor y consumidor de energía de la economía española, volvió a ver cómo aumentaba la demanda de transporte privado por carretera en un 3,1%, con el tren también aumentando un 9% (pero menos relevante en términos absolutos por su pequeña participación global). Además, el transporte de mercancías aumentó un 3,6%.

También es preocupante el aumento de la factura energética, no sólo debida al aumento de la demanda. El repunte de los precios internacionales de los combustibles en 2018 supuso que los precios finales de la energía aumentaran casi un 6% en España, y que el valor añadido se redujera en un  7%. El único sector que mantuvo su competitividad fue el refino, que de hecho aumentó su valor añadido en un 7% gracias a las exportaciones. La única solución a este respecto, más allá de mejoras en la fiscalidad que pueden ser únicamente transferencias, es la promoción del ahorro energético, y la reducción de la dependencia de los combustibles fósiles cuyos precios y volatilidad están también fuera de nuestro control.

Hay que recordar además que este gasto energético no incluye los costes externos debidos a la contaminación o la congestión. Cuando se incorporan los costes externos de la contaminación, el valor añadido del sector energético español se reduce en gran medida, ya que estos alcanzan una cuantía de un 1,6% del PIB.

Retos del actual modelo energético español

Desde el punto de vista de la sostenibilidad, el modelo energético español continúa presentando importantes desafíos respecto a las emisiones de CO2, la eficiencia energética, la dependencia energética exterior o al impacto medioambiental. Afortunadamente, y por primera vez en muchos años, se observa un cambio de orientación en la política energética y ambiental, manifestada quizá más claramente en la preparación de la primera Ley de Cambio Climático y Transición Energética, y en la elaboración (por otra parte obligada por la Unión Europea) del Plan Nacional Integrado de Energía y Clima (PNIEC) y de la Estrategia de Largo Plazo 2050 (aún no hecha pública).

La Ley, apoyada en el PNIEC, establece objetivos muy ambiciosos para enfrentarse a estos desafíos, y es una iniciativa muy bienvenida, junto con la próxima Estrategia de Largo Plazo 2050. Todos estos instrumentos constituyen un marco esencial para avanzar hacia la descarbonización y sostenibilidad del modelo energético español.

Tal como indicábamos el año pasado, creemos que la Ley cuenta con margen de mejora en su tramitación parlamentaría: en particular, debería incluir una señal de precio de CO2 estable y creciente en el marco de una reforma fiscal verde; un diseño apropiado de los mercados energéticos; y una estrategia de innovación energética y política industrial en un contexto global. En cambio, deberían eliminarse normativas de detalle que conviene dejar a otras normas de rango inferior, más flexibles para incorporar la evolución tecnológica.

Además, creemos la ambición de los objetivos del PNIEC debe combinarse con la minimización de los costes para el consumidor, con una batería potente de medidas de ahorro y eficiencia energética que cambie nuestra tendencia en este aspecto, y con el despliegue de una estrategia ambiciosa de innovación energética, como elementos también fundamentales para la sostenibilidad.

Los fondos de recuperación asociados a la crisis del COVID-19, ya planteados por Bruselas en el marco del Pacto Verde Europeo, constituyen una oportunidad inmejorable para alinear los objetivos de recuperación económica con los de la transición energética recogidos en el PNIEC. Pero la salida sostenible de la crisis requerirá combinar no sólo objetivos de descarbonización, sino también de empleo y valor añadido. Serán precisas inversiones con criterios sostenibles, pero también señales económicas que desincentiven la vuelta a las andadas.

Para lograr este alineamiento hace falta visión de largo plazo y voluntad de consenso, generosidad y responsabilidad, más aún en medio de una crisis como la que estamos viviendo. Ojalá que la tramitación parlamentaria de la Ley de Cambio Climático y Transición Energética sirva para que comencemos a avanzar juntos hacia ese modelo energético sostenible que todos deseamos.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s