El sector energético español empeoró su sostenibilidad en 2015

Ayer presentamos en Madrid el décimo Observatorio BP de Energía y Sostenibilidad en España, que preparamos desde la Cátedra BP de Energía y Sostenibilidad de Comillas. Aquí tenéis el informe completo. Y aquí están nuestros famosos diagramas de Sankey.

El acto contó con una fila 0 de lujo, con muchos de los mejores expertos españoles en el tema, que hicieron unas reflexiones al final, y que iré incluyendo en el relato según encaje.

Lo primero es recordar que, como siempre, y desgraciadamente, vamos con retraso con nuestro análisis: por querer usar siempre datos oficiales no podemos presentar datos más recientes que los de 2015. Pero aún así, la cosa pinta regular: en 2015 casi todos los indicadores de sostenibilidad del sector energético empeoraron.

Aumentaron las emisiones de CO2 del sector enegético (un 16%), fundamentalmente por la menor hidraulicidad, que a su vez llevó, combinada con los bajos precios del carbón y del CO2, a que fuera el carbón el que ocupara su hueco. Así, el carbón aumentó un 20%, fundamentalmente el importado (que pasó de ser un 86% a un 91% del total). El uso del carbón también aumentó el uso de energía primaria y la intensidad energética primaria.

Pero no sólo es un problema del carbón: tampoco mejoró la intensidad energética final. Mientras que a nivel global hay un importante desacoplamiento del uso de energía y el crecimiento económico, nosotros seguimos empeorando. Parece que nuestras políticas de ahorro y eficiencia no son muy eficaces. Quizá por eso tengamos un potencial enorme de mejora en esto, tal como indica nuestro Sankey exergético.

Las renovables, en todo este escenario, bajan su contribución. No sólo porque el 2015 fuera un mal año hidráulico y eólico, sino porque, si crece la demanda de energía, y no aumentan las renovables, el porcentaje que estas representan tiene que reducirse por pura aritmética.

Es cierto, como dijeron algunos comentaristas, que el problema del carbón puede ser coyuntural: al fin y al cabo, muchas centrales se retirarán en pocos años. Y también es cierto que el aumento de emisiones se debe a la mala hidraulicidad. Pero yo no me quedo tranquilo, la verdad. Si decimos que queremos reducir nuestras emisiones, y el año que baja la hidráulica lo que hacemos es meter carbón, no dice mucho de la seriedad de nuestras intenciones, o de la fortaleza de nuestras políticas de descarbonización (más bien ausentes).

También es cierto otro comentario de la fila 0: el avance tecnológico de las renovables es espectacular, a la vista de los resultados de las subastas internacionales, lo que nos debería dar optimismo a futuro. De nuevo, y como ya he dicho otras veces, yo soy optimista a largo plazo, pero el problema es resolver el medio plazo, porque si no puede ser demasiado tarde. Algún experto señaló específicamente que necesitamos avanzar más deprisa de lo que estamos haciendo.

Pero no sólo el sector eléctrico trajo malas noticias. El consumo de combustibles para el transporte vuelve a aumentar, como resultado del aumento de la demanda de movilidad. A esto hay que sumarle una mayor actividad del sector refino, que aumenta sus exportaciones a otros países, y con ello por supuesto también sus emisiones. De nuevo, en cuanto nos hemos empezado a recuperar de la crisis hemos vuelto a aumentar nuestra demanda energética para el transporte, que sigue suponiendo un 40% de la demanda de energía final, y un 23% de las emisiones de CO2 (el primer sector en ambos aspectos).

De hecho, algunos comentaristas recordaron que son los sectores no eléctricos los que deben preocuparnos: suponen (o supondrán, cuando se cierre el carbón) 4/5 partes de las emisiones de CO2, y además todavía no han comenzado a descarbonizarse. Ahí es donde se hace más evidente la necesidad de comenzar ya la transición.

En cuanto a los balances económicos, es reseñable que bajaron mucho los gastos en energía primaria (un 28%) debido al descenso de los precios de los recursos energéticos. Pero en cambio aumentaron los gastos en energía final, lo que supone un aumento significativo del valor añadido del sector, sobre todo en el refino de petróleo. Eso sí, este valor añadido se reduce en un 45% si se descuentan los costes externos del sector asociados a la emisión de contaminantes. De ellos, el principal no es el CO2, sino el NOx, que junto con el SO2 y las partículas suponen el 70% de los costes externos del sector.

Algunos de estos indicadores se han corregido algo en 2016, según los informes oficiales y oficiosos. Pero la tendencia sigue siendo preocupante. Quizá porque lo que se echa en falta es una política energética-climática que realmente conduzca el sistema hacia donde queremos. Así lo señalaron casi todos los expertos de la fila 0: es imprescindible contar con una política energética de largo plazo, que trate todos los temas de forma integrada, y no por separado, y que incluya aspectos como una fiscalidad que dé señales adecuadas, políticas que controlen el impacto ambiental del transporte, y además, que esto se haga teniendo en cuenta de forma adecuada los costes hundidos, es decir, los ganadores y perdedores, e involucrando a toda la sociedad, que es finalmente la responsable de dónde estamos y la que tiene que liderar la transición. En este sentido, muchos de los expertos que formamos el grupo de Diálogos en Energía y Sostenibilidad hemos firmado una carta en la que reclamamos el comienzo de este proceso de transición.

 

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