Optimismo acerca de un acuerdo sobre cambio climático

Siempre pasa que las cumbres del clima, sobre todo las informales, generan un cierto entusiasmo y ambiente positivo acerca de la posibilidad de alcanzar un acuerdo efectivo para controlar el cambio climático. Eso parece ser lo que ha pasado estos días en Nueva York, en que los principales líderes mundiales (entre otros, nuestro Rey Felipe VI)  han expresado su preocupación por los riesgos del cambio climático y la necesidad de hacer algo frente a él. Una de las declaraciones más estudiadas ha sido la de China, que, según su viceprimer ministro, está dispuesta a llegar más allá que en otras ocasiones. También otros países han planteado compromisos de reducción (que se pueden ver de forma gráfica en esta nueva web sobre políticas climáticas, Climate Observer)
Esto ha llevado a que gente generalmente escéptica como Robert Stavins también muestre optimismo respecto a la posibilidad de un acuerdo, planteando una línea ya comentada en numerosas ocasiones en este blog: sistemas de reducción de emisiones regionales, que se conectarían eventualmente. Una cuestión interesante que menciona Stavins, y que va en contra de la política actual del Ministerio de Medio Ambiente español, es precisamente el que, para que de verdad se puedan conectar los mercados, los acuerdos deben evitar obligaciones de realizar todos los esfuerzos de mitigación dentro de sus fronteras.
En todo este debate, una de las claves, citadas expresamente por Stavins, es el coste de reducir las emisiones. En estas últimas semanas también ha habido muchas discusiones sobre el asunto, a propósito fundamentalmente de este estudio, glosado aquí, y que dice que controlar el cambio climático nos ahorrará dinero. Paul Krugman dice que la bajada de costes de la solar es la principal razón. Aunque según Michael Levi, Krugman interpreta mal las fuentes, porque efectivamente los estudios que cita basan los bajos costes en el CCS, eso no quiere decir que la solar, fundamentalmente la fotovoltaica, no tenga aún un gran potencial de reducción de costes, como dicen los de MIT (en este caso bajando los costes del almacenamiento), que la llevarán según la IEA a ser la tecnología más utilizada para producir electricidad en el futuro.  La eólica, en cambio, no parece tener tanto potencial: un 10% para la onshore, un 30-40% para la offshore (aquí hay un estudio reciente que confirma estas expectativas).
Aunque, evidentemente, no todo el mundo está de acuerdo con el estudio de New Climate Economy. Megan McArdle por ejemplo dice que la reducción de emisiones no nos saldrá gratis (también, de forma conservadora, Ottmar Edenhofer en el artículo antes citado del NY Times). Pero la clave de su mensaje es que no dice que costará más dinero, sino que no será gratis. Y eso también es cierto: como ya hemos visto en varias ocasiones, sobre todo en nuestro estudio sobre potencial de eficiencia energética, el que una determinada actuación ahorre dinero no quiere decir que se haga. Hay otras muchas barreras, incluyendo efectos redistributivos, a considerar (como las que cita McArdle), y que efectivamente hacen que el cambio no sea gratuito (incluso aunque eventualmente se ahorre dinero).
En todo caso, hay que tener cuidado con no dejar que estas discusiones distraigan del objetivo principal. Creo que, más allá de las discusiones de Krugman o de McArdle, lo que casi todo el mundo tiene claro*, como bien subraya Levi, es que reducir las emisiones de gases de efecto invernadero no require alterar drásticamente nuestros sistemas económicos o sociales. Es posible hacerlo a un coste razonable, sobre todo si se hace de forma inteligente. Y ese coste razonable es seguramente inferior al que supondría dejar que las emisiones siguieran aumentando.
* A pesar del mensaje en mi opinión manipulador de este artículo del Wall Street Journal en el que se vuelve a recurrir a la confusión sobre el asunto, lo cierto es que la ciencia sí tiene claro que hay que hacer algo respecto al cambio climático, entre otras cosas, por la propia incertidumbre que se menciona en el artículo, y que es una de las razones fundamentales para hacer algo (y no para hacer nada, como parecen querer transmitirnos).
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