Política energética y política climática: Juntas pero no revueltas

En estos días varios eventos han coincidido en volver a plantear una discusión frecuente: la política energética y la política climática, ¿deben ir juntas o por separado? El primer evento en la secuencia temporal fue un webinar de la Florence School of Regulation (donde se incorpora Xavier, tal como contaba el otro día), en el que Jean Michel Glachant, Denny Ellerman e Ignacio Pérez Arriaga discutían sobre el asunto. Ignacio defendía que deben ir juntas, mientras que Denny presentaba argumentos por los que debían ir separadas.
Como decía, y curiosamente, al día siguiente de este debate, volvía a aparecer la discusión alrededor de la nominación de Miguel Arias Cañete para comisario de Energía y Clima de la Unión Europea.
Esta nominación une (que no fusiona) bajo un mismo comisario la DG de Energía y la DG de Clima. En la carta que ha preparado Juncker le pide que se centre, entre otras cosas, en el aumento de la contribución de las energías renovables y de la eficiencia energética, cuestiones en las que claramente están unidas la política energética y la climática.

De hecho, Juncker no sólo une Energía y Clima, sino que sitúa a esta comisaría por debajo de dos nuevas vicepresidencias, fundamentalmente la de Unión Energética, pero también la de Empleo, Crecimiento, Inversión y Competitividad. Es decir, que también considera que estas políticas energéticas y climáticas deben estar coordinadas por las de desarrollo económico, algo que para mí también tiene mucho sentido.
Esta entrada no pretende valorar estos nombramientos (que sí hacen otros, de forma muy interesante), sino como decía la pertinencia o no de fusionar la política energética y la climática. Claramente hay argumentos a favor y en contra.
El sector energético es uno de los principales emisores de gases de efecto invernadero (GEI), por lo que parece complicado diseñar una política climática a espaldas de la energética. Por su parte, las restricciones a las emisiones de GEI pueden condicionar el tipo de tecnologías energéticas que se instalarán, y con ello los costes de la energía o la seguridad del suministro.
Pero la política energética no es sólo renovables o eficiencia energética. Ni la política climática es sólo energía. Y ahí es donde radica el problema. Si integramos las dos políticas estaremos dejando fuera otras posibilidades interesantes. Por ejemplo, si promovemos las renovables o la eficiencia, el precio del derecho de emisión baja (y también el precio variable de la energía), y se desincentiva la inversión en otras posibilidades para reducir las emisiones de GEI (por ejemplo, pierde interés el reducir la demanda, y también otras tecnologías no energéticas de reducción de GEI).
Una alternativa es, como parece proponer Ignacio en el webinar, promover directamente las tecnologías bajas en carbono, para lo que ya no hace falta un mercado de emisiones. Pero, ¿quién fija entonces la cantidad de renovables o eficiencia que queremos? Porque estas tecnologías son sólo un medio para lograr distintos fines: reducción de emisiones, innovación tecnológica, seguridad energética…Lo ortodoxo sería establecer un objetivo o un precio para cada uno (la regla de Tinbergen, un objetivo de política, un instrumento) y dejar que el mercado se ajustara recogiendo estos objetivos o precios. De nuevo, esta opción tampoco es perfecta: los mercados pueden no funcionar bien, y quizá haga falta reforzar alguna señal.
En el fondo, estamos en una discusión todavía más antigua: mercados vs. regulación. ¿Son los reguladores omniscientes, capaces de determinar el resultado óptimo y llevarnos hasta él, o es esto algo que hace mejor el mercado? Yo, como ya sabéis, creo que el mercado es más listo, siempre que se establezcan bien las reglas. Por tanto, ¿cuál es mi conclusión preliminar? Que lo mejor es mantener las políticas energéticas y climáticas separadas. Pero eso sí, bien coordinadas, precisamente para evitar que una influya negativamente en la otra. Los nombramientos de Juncker parecen ir en esa dirección al mantener separadas las direcciones generales pero darles una coordinación única. Ojalá tenga éxito, y Europa pueda recuperar un liderazgo que ahora parece atribuirse California.
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