El consumidor: ¿inocente o culpable?

Cuando hace unos días presentamos el Observatorio de Energía y Sostenibilidad, una de las preguntas más interesantes que nos hicieron fue: ¿y por qué se meten ustedes tanto con el gobierno y tan poco con el consumidor? El autor de la pregunta, Antonio Sáenz de Miera, la desarrolla en su blog  planteando la idea de que el consumidor prefiere vivir en la inopia, y echarle la culpa a los demás, en una especie de disonancia cognitiva de la que hay que sacarle, para que, como dice él, “no nos quedemos cruzados de brazos”.
Así que, igual que el día de la presentación me tocó contestar a esta pregunta como pude, ahora parece justo que desarrolle también mi respuesta en este blog. Empiezo por el final: ¿somos inocentes o culpables los consumidores? Pues las dos cosas, pero más bien la primera.

En primer lugar, y lo más fácil de ver: somos culpables porque los hogares consumen un 40% de la energía en España, bien en forma de energía para la vivienda (la mitad) o como combustible para el transporte privado (la otra mitad), y son responsables también del 40% de las emisiones de CO2. Por comparar, la industria, con la que siempre nos metemos generalmente como responsable de consumo energético y emisiones de CO2, consume directamente un 22% de la energía, y el mismo porcentaje de CO2, es decir, más o menos la mitad que los hogares.
El truco viene en la segunda parte. De acuerdo, somos culpables. Pero, ¿realmente está en nuestras manos solucionar esto? ¿Realmente la solución empieza en nuestra casa? Ahí es donde yo discrepo con Antonio. Yo creo que mientras que el Gobierno no envíe las señales adecuadas, es difícil por no decir imposible que arreglemos nada, al menos a corto plazo.
La razón fundamental es que muchos de los problemas relacionados con la insostenibilidad de nuestro modelo energético se originan en externalidades asociadas a bienes públicos: costes que sufrimos todos (como la contaminación), pero que no paga nadie directamente. Es decir, nadie paga por contaminar más (salvo que lo regule así el gobierno), a pesar de que con ello está dañando a todos los demás. Según Antonio, y si no lo entiendo mal, aquí es donde debería entrar la responsabilidad individual: tendríamos que cambiar nuestros comportamientos insostenibles sin que el gobierno nos diga nada. Pero es que si cambiamos nuestros comportamientos, se nos puede quedar cara de tontos: estaremos pagando más que los demás, sin que sirva para mucho. Y eso suponiendo que realmente somos capaces de cambiar algo. Vayamos por partes.
Primero, vamos a revisar en qué utilizamos la energía en nuestros hogares. Según el IDAE, los hogares españoles usan el 47% de la energía que consumen en calefacción, el 19% en agua caliente sanitaria, un 7% en la cocina, 4% en Iluminación, un 1% en aire acondicionado y un 22% en electrodomésticos. Además estaría el consumo de gasolina o diesel para el transporte.
Una primera cosa que podríamos hacer es escoger fuentes renovables para esta energía. Eso podríamos hacerlo para la electricidad, porque para la calefacción o el transporte resulta bastante más complicado. Pero para poder elegir electricidad renovable deberíamos tener buena información: saber de dónde viene la que nos vende nuestra comercializadora, acceder a otras ofertas, escoger con toda la información disponible. Desgraciadamente, la información completa no es muy habitual en un mercado desregulado, las empresas prefieren no ofrecer toda la información para no perjudicarse frente al cliente. No hace falta que mencione casos porque los conocemos todos, por ejemplo en el ámbito de la alimentación. Así que, ¿cuándo podemos de verdad tener buena información? Cuando lo regula el gobierno o lo promueve desde sus agencias. Incluso para poder acceder a mucha información en Internet hace falta que el gobierno obligue a que los datos básicos se hagan disponibles.
Suponiendo que ya tenemos la información: si queremos consumir energía renovable, lo normal es que tengamos que pagar algo más que por una convencional (porque mientras el gobierno no obligue a internalizar los costes externos de estas últimas, seguirán siendo artificialmente baratas). Pero cuidado, porque los beneficios de que usemos más renovables los van a disfrutar todos, paguen más por ellas o no (esto es lo que se conoce en inglés como free-riding y en español como “efecto polizón o gorrón”). Así que mejor que pague el vecino, dirán muchos. De hecho, el porcentaje de penetración de las llamadas “tarifas verdes” en muchos países no supera el 3%, no hay más de un 3% de los hogares que esté dispuesto a pagar más por dar un beneficio al resto de sus vecinos. Lo mismo nos pasa si usamos LEDs para iluminación, pagaremos más que otros por el mismo servicio.
Y por último: tanto esfuerzo, ¿para qué? Si conseguimos que un 3% de los hogares consuma electricidad renovable, y teniendo en cuenta que la electricidad supone sólo un tercio de su consumo total, vamos a cambiar sólo un 1% de ese 40% de emisiones. Si cambiamos nuestras bombillas tradicionales por unas LED podemos reducir un 90% nuestro consumo de energía, sí. Pero eso supone reducir un 3,6% el consumo de energía de los hogares, o sea, menos de un 2% del consumo de energía total. El caso de los electrodomésticos eficientes también es interesante: comprar un electrodoméstico eficiente (clase A) supone ahorrar más o menos la mitad del consumo respecto a uno normal (clase D). Esto supondría ahorrar un 10% del consumo doméstico, y ya empieza a ser algo apreciable. Pero es que esto supone que la opción por defecto es la D. Realmente, salvo para algunos casos, comprar electrodomésticos eficientes es lo normal, porque ahorra dinero. Así que el potencial real de ahorro es bastante menor.
Para que de verdad cambien las cosas, por ejemplo para que reduzcamos nuestras emisiones de CO2 entre un 40 y un 70% como nos dice el IPCC, hace falta que las medidas que implantemos y sus resultados vayan mucho más allá. Y para eso es fundamental algo de lo que no he hablado hasta ahora en esta entrada, y que tampoco puede dejarse siempre a la iniciativa individual: la innovación. La innovación en materia energética, como ya decíamos en el informe anual de 2012 de Economics for Energy, es esencial para cambiar el modelo. Pero es que este es un sector en el que también, los fallos de mercado son tan comunes que sin intervención del gobierno es muy difícil que se haga nada (salvo casos como el de Elon Musk y algunos cuantos más).
Concluyendo: mientras que Musk y otra panda de locos emprendedores (como los de Google) no nos transformen la vida sin darnos cuenta, hace falta una actuación decidida de nuestros gobiernos, dando la información correcta a los consumidores, internalizando los costes externos y por tanto dando las señales económicas adecuadas, corrigiendo otros fallos de mercado, también en el sector de la innovación. ¿Supone esto que los consumidores deben seguir con su tentación de la inocencia? No. Los consumidores debemos tratar de influir en la acción del gobierno, tanto con nuestro voto como a través de la sociedad civil, para que los gobiernos no se dejen llevar por intereses cortoplacistas o sesgados. Atención, esto no es igual que decir que la culpa la tiene siempre el otro: es decir que la culpa la tenemos todos, y que es colectivamente (mediante nuestros representantes democráticos) como debemos arreglarlo, y no individualmente. Por supuesto, esto no quiere decir que no dejemos de ser responsables en nuestro consumo, tanto directo como indirecto (a través de las cosas que compramos). Pero la reducción de emisiones, o el cambio de modelo energético que necesitamos, sólo llegará si los gobiernos asumen (asumimos) que esto es un problema de largo plazo, y empiezan a enviar ya las señales correctas a los consumidores.
NOTA: Muy relacionado con el tema de esta entrada, Benito Arruñada escribe en El País que la culpa sí es de los consumidores, y no del Gobierno. Yo interpreto que es en la línea de mi conclusión: el consumidor no actúa sobre el Gobierno porque no quiere o no le interesa, prefiere seguirse escaqueando en lo que pueda. O dicho de otra forma, tenemos a los gobernantes que nos merecemos. De nuevo, parece imprescindible reforzar la sociedad civil y la educación de la población.
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